De Girón

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Entramos a Ecuador por Zumba, por las montañas. Vane está feliz: el verde de los caminos y de los pueblos, los ríos cristalinos, la buena onda de la gente.

Desde Zumba fuimos a Vilcabamba. Vilcabamba en quechua (o kichwa, que es la variante norteña del quechua) significa planicie de la vilca, el polvo visionario que producían los indígenas con las semillas del árbol Anadenanthera peregrina o A. colubrina. Y sí, encontramos varios árboles de vilca y también wuachuma, el cactus San Pedro, con lo cual imagino que el valle debió haber sido un lugar sagrado para los originarios de la zona.

Pero no nos quedamos mucho por ahí, seguimos hacia Loja donde nos alojamos en casa de unos amigos: Tati y Javico. Tati tiene el blog de viajes Caminando por el globo. Pasamos unos días muy agradables con ellos. Luego seguimos hacia el norte y dormimos en Saraguro. Lo que nos interesaba de esa parada era el origen de la población, una comunidad con fuertes raíces kichwa. Paramos ahí porque teníamos ganas de conocer a los herederos más norteños de la cultura incaica pero también, y sobre todo, porque quería conseguir hojas de coca. Desde que cruzamos a Ecuador que no encuentro en ningún lado y me resultaba curioso. Y tampoco encontré en Saraguro. Cada vez que pregunto por hojas de coca en Ecuador me miran con cara rara, o simplemente me desvían la mirada, como si estuviera preguntando dónde comprar armas. Ahí en Saraguro, donde se habla kichwa, donde las mujeres visten con polleras negras de la forma más tradicional (que se cree que es el estilo más parecido al de los incas), donde los hombre llevan el pelo largo atado en una trenza que les cae por la espalda, ahí en ese lugar tan tradicionalmente incaico, tampoco hay coca, no lo ven como una costumbre muy aceptable. Incluso un tipo me dijo que podía conseguirme marihuana o cocaína, pero hojas de coca no, imposible.

Más tarde me enteré de qué no se sabe bien cuál es la razón por la cual ha desaparecido la tradición de la coca en Ecuador, es un tema de discusión aún sin demasiadas certezas.

Luego dormimos en Cuenca, en casa de un amigo de un amigo, director de la Facultad de Artes de la Universidad de Cuenca, una persona excelente. A través de él nos enteramos de la existencia de Girón, un pueblito donde crecen hongos mágicos. Y fuimos.

Resultó ser un lugar que aún sin hongos seguiría siendo alucinante: con montañas escarpadas, valles verdes que parecen de cuentos, bosques húmedos y cascadas sorprendentemente altas. Además es un lugar aún virgen del turismo masivo. Más no se puede pedir.

Brugmansia sanguinea

Y sí, encontramos hongos Psilocybe cubensis con facilidad. Y ahí en Girón solo hay vacas lecheras, lo que demuele el mito de que los cucumelos necesiten la bosta del cebú para crecer. Siempre creí que la gran coincidencia entre los cebús y los Psilocybe no es por una razón de causa y consecuencia sino que ambos son consecuencia de una misma causa: el calor. Los cebús (y los híbridos con las vacas) se crían en zonas cálidas por su resistencia al calor, y los cucumelos también crecen en zonas cálidas, pero en este caso, se debe a su sensibilidad a las heladas fuertes. Pero ocurre que los frescos y verdes valles de Girón son especiales para las vacas lecheras y, como estamos en el ecuador, no hay inviernos fríos y no hay heladas fuertes y entonces sí hay cucumelos.

Ahora bajaremos hacia el este, hacia la selva, en busca de unas aisladas comunidades de la etnia shuar. Iremos sin aviso previo porque no hay manera de comunicarse con ellos. Pero vamos con el contacto de un amigo y confiamos en su carta de recomendación.

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