Cataratas del Iguazú

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Tengo un amigo en Puerto Iguazú. Lo conocí hace mucho tiempo cuando estudiábamos comportamiento de monos en la selva formoseña. Ni bien llegamos a Misiones nos invitó a alojarnos en su casa. Ahora trabaja en el Parque Nacional Iguazú y, por supuesto, también nos invitó a recorrerlo.

La olla de oro en el medio del arcoíris.

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Y a pasear en lancha por debajo de las cataratas.

Cataratas en los ojos.

Y a alojarnos diez días en una reserva privada que se encarga de contribuir a la formación de un corredor ecológico entre los parques provinciales Urugua-í y Foerster en el Norte de la provincia.

Un mirador con ojos.

Donde vimos una cantidad descomunal de mariposas.

Myscelia orsis

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Sacar fotos de las mariposas se convirtió en una de mis actividades favoritas en Misiones. A veces me encuentro persiguiendo una, esperando que se pose para gatillar mi cámara de fotos, y cuando me doy cuenta no sé ni dónde estoy parada. Identificarlas después también es divertido. Quizás sea la parte de bióloga taxononma frustrada que llevo dentro y no lo puedo evitar. 1° foto: Yin-Yang, macho (Myscelia orsis) 2° foto: Zafiro, macho (Doxocopa laurentia) 3° foto: Princesa roja (Anartia amathea roeselia) 4° foto: Ochenta (Diaethria candrena) 5° foto: Monarca (Danaus plexippus erippus) 6° foto: Mocha (Temenis laothoe) 7° foto: Multicolor (Mechantis lysimnia lysimnia) 8° foto: mariposa saliendo del capullo, aún sin identificar. Quizás acabo de descubrir una nueva especie. Si es así, propongo llamarla Vanessa misionensis. No es de egocéntrica pero ese generó ya existe y puede que coincida en este caso 😉

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Y de hongos.

Y de arañas.

Y donde hicimos un temazcal. Para conectarnos con las costumbres de los antiguos de México. Y con el vapor del agua caliente, el frío del río, los sonidos en la oscuridad, la mirada hacia adentro.

La curiosidad revivió al jaguar.

Luego, nuestro amigo nos contactó con el cacique de la comunidad guaraní Yriapú para que pasáramos unos días acampando en la aldea.

Apolillamos cuatro noches ahí.

Con quienes la pasamos mejor fue con los niños.

Caramelos rústicos.

Y sus juegos.

Juguetes rústicos.

Y conocimos a los policías adolescentes con sus cachiporras de madera tallada con la cruz cristiana.

Cachiporras rústicas.

Hubiéramos indagado más en las costumbres organizativas y punitorias actuales de los guaraníes, pero la comunidad en la que estábamos tiene mucho contacto con la cultura occidental. Eso hace que no tengan mucha curiosidad por los visitantes. Al menos no con los que traen poco dinero. Y entonces recorrimos el lugar casi como fantasmas, sin enterarnos demasiado de sus asuntos.

Al salir de Argentina buscamos una forma barata de viajar hasta São Paulo. Preguntando, encontramos a un hippie que nos contó sobre los sacoleiros, gente que trabaja de mula llevando productos importados comprados en Ciudad del Este, Paraguay. Se los puede encontrar preguntando en el Puente Internacional de la Amistad. Con ellos hicimos unos mil kilómetros en bus por el módico precio de 120 reales (unos 36 dólares). Están muy organizados, cada bulto en la bodega del bus tiene el nombre de un pasajero y la mercadería no debe superar los 300 dólares, que es lo permitido por persona entrando a Brasil. Además todos los pasajeros deben memorizar qué mercadería les fue asignada para responder en los controles de aduana. También, se suman productos extras que van repartidos en el equipaje de mano y bolsillos de cada uno de los sacoleiros. Para entrar al bus pasamos entre rejas que formaban pasillos, como si estuviéramos entrando a la cancha o a pabellones carcelarios. A todos los pasajeros nos revisaron con minuciosidad y hasta nos hicieron descalzar para revisarnos dentro de las zapatillas. En mi caso, incluso me abrieron el celular, pero solo encontraron una batería. Todo este control de seguridad no está a cargo de la policía sino de la propia “empresa”. Su preocupación es que alguien les cuele drogas: cuidan su negocio “legal”. Nosotros no éramos parte de la gran movida y solo aprovechábamos el pasaje económico. Supongo que aceptar “pasajeros normales” legaliza un poco la cuestión. Pero, aun así, nos ofrecieron llevar la caja de un IPhone a cambio de darnos 10 reales (solo por transportar la caja vacía). Por las dudas, ante el río revuelto, dijimos que no.

Ahora ya estamos en Ilha Grande.

Rascándonos en el paraíso.

Lo próximo será darle la vuelta a la isla. Serán varios días caminando por morros, selva y playas solitarias de agua cristalina. Suena bien.

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